Prima Primavera

Cada año, cuando llega marzo, me pasa lo mismo: empiezo a decir que ya es primavera. Y cada año alguien me recuerda, con precisión casi astronómica, que la primavera “de verdad” empieza el 21 de marzo. Lo sé. Pero qué queréis que os diga: yo soy un bicho raro. Para mí, la primavera empieza el 1 de marzo.No porque lo diga el calendario, sino porque se empieza a notar en el aire.
Empiezan a alargarse los días, vuelve la luz, las ventanas se abren un poco más… y, cómo no, vuelven los bichos. Sí, sí, los bichos. Porque la primavera tiene su lado poético —flores, sol, pájaros— pero también su lado menos glamuroso: insectos que reaparecen, hormigas exploradoras, mosquitos que ensayan su zumbido.
Y con las flores llega también el polen… y con el polen, las alergias. Ojos que pican, estornudos en cadena y estudiantes que empiezan la clase buscando un pañuelo.
La vida vuelve, con todo lo que eso implica. Además, la primavera tiene fama de ser caprichosa e imprevisible. No en vano lo recuerda el conocido refrán: “En abril, aguas mil”. Un día sale el sol y parece verano; al siguiente llueve sin aviso.
A pesar de todo, tengo que confesar algo: me encantan las flores. Últimamente, me está interesando cada vez más la jardinería. Y por lo visto, tengo buena mano para las plantas.
En clase, la primavera también puede ser una buena excusa para jugar con el idioma: escuchar cómo suenan las palabras, experimentar con el ritmo y dejar que la música y la poesía entren en el aula. Por eso, en esta entrada propongo trabajar la estación desde dos textos muy diferentes, pero que dialogan muy bien entre sí.
Por un lado, la deliciosa poesía de Gloria Fuertes, con su poema A mi prima primavera, que juega con las palabras, los sonidos y ese exceso encantador de “pío, pío”. Es un texto perfecto para trabajar la musicalidad del español, las rimas y el humor en clase.
Por otro lado, la canción “La primavera” del grupo Delafé y Las Flores Azules, que también refleja las dos caras de esta estación: la luminosa y la inquieta, la que invita a salir a la calle y la que trae cambios, inestabilidad y pequeñas molestias cotidianas.
Y entre medias, confieso otra pequeña rareza personal: yo también escribo poesía. Aunque casi siempre en inglés y en privado. Quizá por eso me interesa tanto explorar en clase la relación entre lenguaje, ritmo y emoción. La poesía y la música comparten algo fundamental: ambas nos obligan a escuchar las palabras de otra manera.
De ahí nacen las explotaciones didácticas que acompañan esta entrada: actividades para jugar con el poema de Gloria Fuertes, escuchar la canción, detectar rimas, crear nuevas estrofas, mezclar sonidos y, quién sabe, tal vez animar a nuestros estudiantes a escribir sus propios versos primaverales.








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